agosto 2016

Las madres son las grandes cocineras del mundo. Hacen nuestros los sabores de siempre, para los que cada una tiene un toque especial, diferente y personal. Yo aprendí a cocinar observando a mi madre. Ella era paciente y cariñosa con lo que hacía. Sensible a los productos y sus temporadas, esmerada y perfeccionista. La cocina es un trabajo que se puede convertir en arte cuando media la pasión y ella era apasionada. Y todo esto ¿a donde nos lleva?, sencillamente al hecho de que la cocina se fundamenta en raíces muy sólidas, tanto como la vida misma: la niñez, la fervorosa adolescencia, la juventud, la madurez, cada una de esas etapas será escuela de cocineros y cada una de ellas aflorará en el momento exacto para recordarnos un sabor, un aroma o una textura, que será parte o todo en un delicioso plato. Es evidente que cuando tratamos la cocina a nivel profesional, se harán necesarias  otras muchas cualidades que deberán ser aprendidas o perfeccionadas, pero realmente, serán esas raíces a las que nos referíamos, las que marcaran las diferencias entre las distintas formas de apreciar e interpretar la cocina. ...